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Santiago del Estero

28 de marzo de 2026

Leonardo Padura: "En mis libros no hay una sola mentira sobre Cuba; ése es mi escudo para enfrentar mis miedos"

Charla con el gran narrador cubano a propósito de su novela "Morir en la arena" y también del duro momento económico, político y social por el que atraviesa la isla, mientras se esperan acciones cruciales por parte de Estados Unidos

Es narrador, periodista y guionista y se lo conoce tanto por la delicada construcción de sus novelas como por el modo en que su país y su cultura aparecen retratados en sus libros. Leonardo Padura estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad de La Habana, trabajó como periodista y es autor de una obra premiada por la crítica y por los lectores: el suyo es uno de los nombres más reconocidos de la literatura escrita en español.

Fue ganador de varios premios, entre ellos el Princesa de Asturias de Letras en 2015 por la totalidad de su obra. Famoso por títulos como Pasado perfecto, Adiós Hemingway, La neblina de ayer y La transparencia del tiempo, que tienen como protagonista al cínico y pesimista Mario Conde, Padura es también autor de La novela de mi vida, Como polvo en el viento, Personas decentes y la destacadísima El hombre que amaba a los perros, que construye la vida de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky. Su más reciente novela se llama Morir en la arena (Tusquets), está basada en una historia real y es acaso la más triste y sórdida de todas.

Rodolfo es un hombre mayor, acaba de jubilarse. Vive, como la enorme mayoría en Cuba, en estado de miseria crónica, cuidando cada centavo y cada gramo de comida y con apagones constantes. Con cierta tendencia a la depresión, afectado por el trauma de haber combatido en la Guerra de Angola y sobre todo por el cruento asesinato de su padre a manos de su hermano mayor, Geni, pasó toda su vida enamorado de Nora, su cuñada, quien antes de ser la mujer de su hermano fue su novia y su gran amor. Un día, inesperadamente, a Rodolfo y a Nora les llega la noticia de que van a liberar a Geni porque está muy enfermo, a punto de morir. Todo el pasado se hace entonces presente.

Junto con esta historia de amor y muerte está la Cuba contemporánea. La de las construcciones que se desgajan y que nadie está en condiciones de reparar. La de la decepción y la amargura. La que se fue quedando vacía de hijos, que eligieron abandonar el país. La que resiste sobre sus mitos revolucionarios. La que habilita espacios para los negocios de unos pocos mientras la población apenas sobrevive. La que necesita desesperadamente creer en algo.

Lo que sigue es una conversación con Padura a propósito de su novela más reciente pero también algunas de sus reflexiones sobre el duro momento económico, político y social por el que atraviesa la isla, mientras se esperan acciones cruciales por parte de Estados Unidos, cuyo presidente Donald Trump mencionó a fines de febrero una posible "toma de control amistosa de Cuba". El día de la entrevista, que fue por zoom, Padura se encontraba de viaje en México, como invitado de honor de la Feria del Libro de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT).

— Tu novela tiene algunas escenas muy emocionantes y hay también momentos muy decadentes, sórdidos. Esto tiene que ver con el relato de esta Cuba contemporánea, al menos de la de hace dos o tres años. ¿Cómo viven los cubanos la falta de recursos, la falta de agua, cuando siempre han tenido una suerte de obsesión con la limpieza? ¿Cómo es vivir en ciudades y barrios hoy tomados por la miseria, espacios en los que, como de pronto se dice en la novela, parecen Haití?

— Es un trauma que se va alargando en el tiempo. Y una imagen que utilizo es que estamos en un túnel y al final la luz que había, ese bombillo, se fundió y tenemos la sensación de que ese túnel ni siquiera tiene paredes. Es un pozo sin fondo que baja, baja, baja. En estos momentos está en un punto mucho más bajo que el que yo relato en mi novela porque, bueno, ha habido acontecimientos recientes de carácter político con repercusiones económicas muy fuertes para Cuba, como el bloqueo de combustibles que ha decretado Trump alegando que Cuba es un peligro para la seguridad nacional norteamericana. Y es una política de máxima presión, se le llama, y, en estos momentos, de asfixia. Es decir que todo esto se ha multiplicado. En mi literatura siempre intento hablar de esos eternos conflictos de la condición humana, y esta es una novela que habla mucho de temas como el amor, el odio, y algunos asuntos más profundos como el perdón y la redención. Pero todo esto en un contexto material reproducido con mucho realismo. El hecho real que ocurrió fue un parricidio en una familia muy cercana a la mía. Conocí al parricida, al padre asesinado, al hermano, a la familia toda. Yo había empezado a escribir esta novela, tenía todo el tiempo y todas las condiciones para empezar y no avanzaba, hasta que me di cuenta de que faltaba un motor dramático y ese motor dramático me lo regaló esa historia real del parricidio. Pero la transfiguré mucho. Creo que no tenía derecho a revelar determinadas interioridades que conocía personalmente porque estuve muy cerca de ese drama. Y entonces la historia real es la historia del contexto más que la historia del suceso. Ese contexto que se está viviendo en Cuba, que se ha agravado y, tú lo sabes porque tenemos una relación de hace mucho tiempo y conoces mucho mi obra, siempre hay un sentido generacional en mi trabajo y éste es el fin de mi generación. Es la crónica del fin de mi generación. Y la línea final del texto creo que lo explica todo, dice: esta es la crónica de una derrota.

— Es derrota. Es decepción. Amargura. Son también los personajes de la novela que insisten en creer, ya cada vez más viejos. Los más jóvenes son los que se van. No atinan a creer, desde el principio ya el escepticismo está en ellos. Es la generación de los hijos, y acá estamos hablando de la generación de los padres y los abuelos. Hay mucho sexo en la novela, en todas las edades. Hay mucho de eso. ¿Cómo te sentís cuando escribís escenas de este tipo?

— Mira, yo intento que mis personajes se parezcan lo más posible a las personas reales. Lo he dicho muchas veces: yo soy un escritor con una imaginación pequeñita. Soy un observador, creo que una de las virtudes que debe tener un novelista es ser capaz no solamente de hablar sino también de oír. Y uno se va alimentando de muchas historias. Yo he escrito de tantos personajes, que son vidas que he construido y yo no he podido vivir esas vidas porque son muchas vidas. ¿Cómo construir un personaje como Ramón Mercader con el cual yo no tengo nada, absolutamente nada que ver, y hacerlo creíble? ¿O un personaje como Trotsky, por ejemplo? Es el proceso estético que es la verosimilitud. Es decir, tú no estás reproduciendo la realidad, estás creando otra realidad que tiene que ser creíble. Y los elementos de la vida personal de los personajes, pues, ayudan mucho. Recordarás en El hombre que amaba a los perros que hay un momento de una relación sexual de Trotsky con Frida.

— Así es.

— Que me costó trabajo imaginarla. En Morir en la arena hay sobre todo una relación otoñal de dos personajes. Me cuesta trabajo porque no quiero hacer spoiler, creo que los lectores tienen que descubrirlo, pero bueno, hay una relación sexual otoñal que está descrita simplemente con diálogos. Y los diálogos creo que lo expresan todo. Y el momento en el que se produce es un gran descubrimiento para estas dos personas y en el que individuos como yo sienten que todavía una relación amorosa que desemboca en el sexo es lo que nos da vida. Recuerdo mucho una frase de Luis Buñuel en un excelente documental español que le hicieron, que dice: "Mira, yo he tenido toda mi vida un gran problema y es que cada vez que veía pasar a una mujer, le miraba el culo. Para mí eran culos. Yo le miraba el culo. Y, dice, Buñuel, cuando perdí el deseo sexual, he visto que hay pajaritos que vuelan en los árboles, que las frutas tienen distintos sabores". Porque sí, porque el sexo está en el centro de nuestras vidas, somos seres sexuales. Y uno de los elementos redentores que hay en esta novela es la posibilidad de materializar una relación sexual otoñal. Y sé que es muy importante para estos personajes porque, Hinde, en medio de todas las carencias, de todas las miserias, yo creo que los seres humanos tenemos unas reservas que nos permiten salir adelante. En esta novela, por ejemplo, se habla mucho de la importancia de la amistad. Y en este caso la importancia de recuperar, de hacer renacer, encontrar un amor. Que tiene además un componente importantísimo en la relación humana que es la compañía. Yo creo que una de las peores experiencias que puede sufrir un ser humano es la soledad porque somos seres gregarios y en nuestras culturas caribeñas, tropicales, cubanas, con esta mezcla maravillosa gracias a la cual somos como somos, pues el hecho de vivir en compañía es tan importante. Y por eso también otro de los elementos, y aquí en la novela eso está destacado, que nos salvan las relaciones familiares. Cómo las familias se protegen. Esos hijos que salieron de Cuba son los hijos que están salvando a estos padres de una miseria total.

— Con las remesas, claro.

— Y hay un personaje en la novela que es un hijo que sigue en Cuba y que también ayuda a estas personas. Porque, mira, te voy a confesar algo, yo acabo de llegar ahora mismo de un supermercado, tenía una entrevista larga en la mañana, y pedí pasar por un supermercado para ya hacer la compra de las cositas que le voy a llevar a mi madre en Cuba, que las necesita porque no las hay. Y cuando hago eso voy sintiendo una satisfacción tan grande de pensar "ah, estas son las galletitas que a mi madre le gustan. Y este es el chocolate que a ella le gusta ponerle a la leche". Porque creo que sí, que eso nos completa como seres humanos. Las relaciones personales son importantísimas y yo las cultivo personalmente y hago que mis personajes también las cultiven.

— Hablabas de la familia y en esta novela hay familias atravesadas por la tragedia y por la violencia. El alcohol estaba ya instalado entre ellos. Es una novela en la que aparece mucho el tema del alcohol; muchos de los personajes en algún momento o durante toda su vida estuvieron sin poder salir de la trampa del alcohol. Es un tema también generacional, en algún momento se dice en la novela.

— Sí.

— Contame cómo es haber visto el deterioro y la situación de hasta dónde se puede llegar cuando no podés salir de esa trampa.

— Sí, estábamos hablando de la parte bonita de los comportamientos humanos. Hablando de la familia, del amor, de vivir en compañía. Pero también en esta novela hay un lado muy sórdido, que es el lado de la violencia. Esa violencia familiar que es muy universal. Esos padres abusadores. Esas mujeres que se ven obligadas a la sumisión y sobre las que se ejerce violencia y bueno, son comportamientos terribles. Y si todo esto está bañado con el alcohol, con esa vía de escape, ese elemento alienante, pues se hace mucho más complicado. Y ha sido una realidad, que es universal pero que en Cuba ha tenido manifestaciones bastante dramáticas. Por ejemplo, de mi generación muchos amigos ya no están porque el alcohol se los llevó. Y otros son alcohólicos jubilados, tuvieron la valentía o la misma familia logró salvarlos de esa caída infinita que es el alcoholismo que, yo lo digo en la novela, es la droga de mi generación. Yo recuerdo cuando se iba a publicar en Italia la segunda novela de la serie Conde, en la que el elemento del delito está centrado alrededor de que se encuentra un pequeño resto de un cigarrillo de marihuana y mi editor italiano me decía pero es que eso en la realidad italiana no es significativo. Yo le decía: pues en la realidad cubana sí, porque es una sociedad en la que la droga apareció muy tarde.

— Claro.

— Y el alcohol fue la droga de mi generación. Hoy en día lamentablemente hay un consumo de drogas químicas, bueno, hay unas que son unas pastillas horribles que le llaman "el químico". Imagínate tú cómo podrá ser eso. Y se ha extendido bastante. Pero mi generación no tuvo acceso ni le interesó tener acceso a eso. Y el alcohol fue en algún momento, como en cualquier parte, un elemento que te acompaña en la vida, te divierte, hace que una fiesta sea mejor si hay unos tragos, por supuesto. Pero también fue el camino hacia el infierno de mucha gente. Y en esta novela el infierno de la novela está inundado de alcohol.

— ¿Cómo decidiste que apareciera Raymundo Fumero como el personaje que va a narrar la historia? Porque hay un narrador en tercera persona y hay una primera persona que es este mismo narrador, contando las cosas desde su punto de vista.

— Mira, la novela tiene cuatro personajes protagónicos que son Rodolfo, Geni –su hermano parricida–, Nora, la esposa de Geni, que fue novia de Rodolfo y con la que él ha tenido siempre una relación de cercanía porque ha sido siempre el amor de su vida. Y hay un cuarto personaje que es éste, Raymundo Fumero, que he tenido que aclarar varias veces porque la gente no lee bien muchas veces y me dice: pero, bueno, tú eres Raymundo Fumero. No, no, fíjate que Raymundo Fumero tiene unas convicciones que afortunadamente yo he podido superar. Yo he podido superar con mi trabajo porque he podido escribir de la manera en que escribo durante tantos años, y una novela como El hombre que amaba a los perros es una novela que desmiente que yo pueda ser Raymundo Fumero. Raymundo Fumero es de esos escritores que empiezan en los años 70 y que se tienen que adaptar, asumen la censura como algo natural. Y Raymundo Fumero dice algo en un momento determinado que es muy importante, dice: teníamos tanto miedo que ni siquiera sabíamos que teníamos miedo.

— Claro.

— El miedo estaba en la atmósfera, se respiraba. Se había naturalizado. Y escriben desde el miedo. Y este personaje pues a mí me sirve para que sea un testigo de la relación entre estos personajes familiares, Rodolfo, Geni y Nora, porque él ha estado muy cercano de Geni durante toda la vida y conoce muy bien la familia. Pero también me ha servido para hacer una reflexión y una especie de homenaje a esos escritores de mi generación que se vieron lastrados por una censura institucionalizada que fue muy agresiva, muy agresiva en los años 70, después cambió los métodos pero la esencia ha seguido siendo la misma. Te digo, por ejemplo, para que tengas una idea de cómo puede funcionar, con qué mecanismos.

— En tu novela anterior se hablaba bastante también de todo esto.

— En Personas decentes se hablaba bastante de ese proceso, de cómo fue. Pero te doy el ejemplo y es que mis últimas cuatro novelas no se han publicado en Cuba. Hasta antes logramos que se publicaran, que hubiera unas pequeñas ediciones. Las últimas cuatro no se han publicado en Cuba porque alguien ha decidido. Me dicen que no hay papel, y de verdad es cierto que no hay papel. Pero creo que tampoco hay voluntad de publicar mis novelas, que son unas novelas que afortunadamente tienen un recorrido internacional muy visible. Es decir que los lectores cubanos para acceder a mis libros tienen que buscar. Los cubanos somos capaces de resolver casi cualquier cosa, y los que quieren leer pues bueno, buscan copias piratas por un lado, por el otro, y llegan al libro. Pero no hay una relación normal entre mi trabajo y mis lectores naturales que son los lectores cubanos.

— Que conocen tu sociedad.

— Claro, claro. Afortunadamente, bueno, con mi editorial española durante todos estos años, ya llevo 30 años de relaciones con Tusquets, he podido escribir de una manera que no es la de Raymundo Fumero. Y ese personaje entonces me da la conciencia del drama interior de una cultura y específicamente de una literatura. Y por eso quería que este personaje un poco se fuera desnudando a lo largo de su largo monólogo y de su representación, de su mirada con respecto al grupo pero también con respecto a él.

— Hablamos de la censura y uno de los temas que también recorre la novela es el miedo, que se instala desde las más altas esferas del poder pero penetra en la gente hasta convertir a todos en delatores y hoy lo estamos viendo ya no solo en regímenes como los comunistas, sino también en las que se suponían que eran las democracias del mundo.

— Sí. Sí, lamentablemente el miedo se ha extendido de muchas maneras. Porque es muy terrible, después de tanto luchar para morir en la arena como dice la novela, por ejemplo las redes sociales son un mecanismo coartador de libertades más que expresivo de libertad. Dices cualquier cosa y enseguida aparecen censores. Porque todo el mundo ahora quiere que tú pienses como piensan ellos. Y la palabra diálogo, que es palabras que se intercambian, eso prácticamente ha desaparecido. En el caso de la novela por supuesto tiene que ver con miedos cubanos muy concretos. Como el que tiene el escritor Fumero de ser censurado y no poder publicar. Le podría pasar a Fumero lo que le pasa al personaje de Iván en El hombre que amaba a los perros, que termina siendo un veterinario y no puede ser más escritor porque es marginado, es censurado. Y hay un miedo muy importante en esta novela que es el miedo de Rodolfo, el personaje de Rodolfo. Es un hombre apocado, un hombre temeroso, es normal. Pero en mi novela anterior, en Personas decentes, hay un momento en que Conde dice que hay miedos que está bien que los tengamos, que tengamos miedo a la muerte, que tengamos miedo al dolor, que alguien les tenga miedo a las ranas. Son los miedos humanos. Los jodidos son los miedos que te hace sufrir una sociedad. Porque te afectan a ti pero envilecen al que provoca esos miedos. Y Rodolfo es un hombre que sufre esos miedos y hay un elemento importante en esta novela que es una marca, una muesca en la experiencia de mi generación que tiene que ver con la Guerra de Angola. Esa guerra que duró 14 años, por la que pasaron como civiles y como militares alrededor de 350.000 personas, yo entre ellas, yo estuve un año como periodista en Angola entre los años 85 y 86. Afortunadamente como periodista civil, debo decirlo. Y ahí Rodolfo va a esa guerra con miedo y viene enfermo de miedo de esa guerra. Y es algo que lo persigue al punto de que, y esto es un mecanismo también muy humano, que él se crea una narrativa distinta de lo que ocurrió en ese momento y nunca sabemos a ciencia cierta hasta el final de la novela qué fue lo que ocurrió. Igual que con Geni y su asesinato, nunca sabemos exactamente qué fue lo que ocurrió. Porque los seres humanos levantamos escudos por todas partes para defendernos, para poder seguir avanzando.

— Por protección.

— Lo hacemos todos. Con cosas mayores y con cosas menores. Porque todos tenemos cosas que nos avergüenzan en un momento determinado no haber hecho o haberlas hecho de una determinada forma. Y entonces nos levantamos esos escudos. Pero hay otras que son tan graves como las que vive Rodolfo y su hermano Geni y siempre el miedo ha estado presente. Por qué el personaje de Geni regresa de Alemania cuando pudo haberse quedado en Alemania en un momento determinado es algo que queda en una oscuridad. Un hombre que nunca tuvo miedo, no sabemos si tuvo miedo.

— Claro.

— Entonces creo que sí, que está muy metido en la vida de los cubanos por muchas razones y que son esos miedos diferentes al del miedo a la muerte o al dolor que son tan humanos. Son los miedos sociales.

— La novela tiene personajes como Nora, cuyas vida fue completamente cercenada en determinado momento solo por haber dicho algo que iba contra lo que había que decir, cuando era muy joven. Eso le cortó una carrera. Entonces claro, en la medida en que te castigan cuando decís algo que no es lo que hay que decir, después aprendes a callarte la boca.

— Aprendes a callarte. Y es lo que ha ocurrido. Y hoy la gente se expresa mucho más. Pero siempre ese miedo ha continuado porque en Cuba hay muchas cosas que no funcionan, pero la industria del control, esa sigue funcionando.

— En un momento de tu novela se dice: "a esto no lo resuelven ni los norteamericanos".

— Sí (risas). Mira, yo no sé qué va a pasar.

— Estamos en unos días muy especiales, pero luego de la experiencia en Venezuela, donde uno podía imaginar determinadas acciones y sucedieron otras, pero al mismo tiempo es como si nada hubiera pasado. Allí el chavismo sigue gobernando, pero sin Maduro. ¿Qué podés imaginar para Cuba? Porque está difícil para adivinar.

— Sí, está muy difícil. Yo no quiero especular porque casi seguramente me voy a equivocar. Es un momento económico, social y político muy complicado para Cuba. La mayor complicación lamentablemente está a nivel humano, cómo están viviendo las personas. La cantidad de carencias, los apagones, a veces no llega el agua corriente durante días. Es una vida muy complicada. Y todo esto tiene que ver con las incapacidades del modelo económico cubano que se ven agravadas con una presión política, económica, financiera, de Estados Unidos sobre Cuba. Creo que Cuba necesita muchos cambios. Durante años se han puesto banditas (N. de la R.: curitas) donde había que hacer cirugías profundas para cambiar cosas que permitieran salvar otras y no se ha hecho. Entonces ahora estamos en una situación de mucha incertidumbre. Trump ha hablado de "una toma amistosa de Cuba". No sé cómo puede ser una toma amistosa.

— Un oxímoron, ¿no? (Risas).

— Sí, sí. No me imagino. Entonces no me atrevo a predecir pero sí me atrevo a decir que constato que la vida cotidiana de la mayoría de la población cubana se ha complicado mucho y que, bueno, vamos a ver en estas políticas tan erráticas que pueden ir un día en un sentido y otro día en otro qué puede ocurrir. Ojalá que nunca sea la solución violenta. Porque lo sabemos. Siempre los jodidos son los jodidos. Recuerda por ejemplo qué pasó en la Guerra de las Malvinas. Quiénes fueron los que pusieron los muertos. Unos pobres muchachos argentinos que no tenían nada que ver con nada. Y siempre es igual. Y entonces, ojalá que no ocurra algo así.

— Algo que me interesó mucho en la novela es cuando a Fumero le dan ganas de preguntarle a Geni, quien se pasó preso desde el 92 hasta el 2023, cómo vio el mundo durante esos años. Nunca se me había ocurrido eso de cómo puede ver el mundo, el afuera, alguien que está tras las rejas. Y también me resultó muy interesante la respuesta: "Me da igual; cuando te vas a morir te da exactamente igual cómo está el mundo".

— Ese es el gran drama de este personaje, que está condenado, una primera condena de 20 años. Después una condena de 12 por una agresión que comete en la cárcel sin derecho a reducción de pena y lo van a liberar dos años antes porque se va a morir.

— Exacto.

— Y cuando le dicen que se va a morir sale a un mundo en el que él no entiende nada. Donde empieza a preguntarle a Fumero.

— Por el dinero.

— Por el dinero. "Y este dinero que me dieron ¿es mucho o es poco, qué puedo comprar?" Y Fumero le dice: mira, no sé, pero es nada, se te va en nada. Si fumas te va a alcanzar malamente para fumar. Para más nada. Y es un mundo completamente diferente. Yo creo que nuestra generación ha tenido la posibilidad de ver un cambio de era, el más violento yo creo que se ha producido. Si recordamos que hace 30 años veíamos videocasetes para ver películas y recordamos que esos ya son aparatos como prehistóricos, y todas las cosas que han ido ocurriendo a lo largo de estos años, que hemos atravesado incluso una pandemia que tuvo en jaque al mundo, que hoy mismo se está viviendo algo, hemos llegado al mundo de 1984 de Orwell increíblemente. Entonces incluso para los que estamos afuera nos cuesta trabajo decodificar este mundo.

— Está bien lo que decís, es así.

— Imagínate tú alguien que lo ve desde la distancia de una celda donde le llega poca y mala información. Creo que es muy dramático. Y uno de los ejercicios que gente como tú, como yo y como tantos otros que tenemos alguna relación con los medios y con la discusión de ideas intentamos es tratar de comprender un poquito en qué mundo estamos viviendo porque cuesta mucho trabajo. Y la gran incertidumbre que tenemos es el futuro. Qué va a pasar en un futuro que empieza mañana porque la velocidad del tiempo es tan grande que el futuro empieza mañana. Estamos hablando ahora mismo de libros. El tema de la inteligencia artificial va a cambiar incluso los procesos de creación. Ya los está cambiando. Entonces cómo va a ser la literatura dentro de 20 años. Son interrogantes que nos agobian y nosotros los que estamos fuera de pronto a veces nos parece que estamos dentro y que no vemos bien lo que está ocurriendo a nuestro alrededor.

— ¿Te consideras una persona con coraje?

— No, para nada. Soy muy cobarde. Lo que pasa es que he decidido que la única forma de poder vivir es enfrentar mis miedos. Es enfrentar mis miedos y hacerlo. E intentar ser consecuente con mi manera de pensar. Yo soy un escritor, tú lo sabes, muy cubano, muy de La Habana, y en mi literatura siempre está Cuba. Una novela, por ejemplo, como El hombre que amaba a los perros que se desarrolla en México, en España, siempre se parte de Cuba y se regresa a Cuba. Y todo está visto desde la perspectiva de un cubano. Porque yo tengo mis verdades sobre la realidad cubana. La verdad es relativa y puede haber otra verdad. Lo que sí yo considero que es absoluto es la mentira. La mentira es absoluta. Y en mis libros no hay una sola mentira. Ese es mi escudo para enfrentar mis miedos.

— Hay dos imágenes en la novela que aparecen siempre como muy sanadoras que son el cielo en el amanecer y el mar. ¿Podrías prescindir del mar?

— Son las cosas que nos acompañan y que siempre están ahí. Uno de mis sueños de toda la vida ha sido tener una casa frente al mar. Sé que no la voy a tener. O a lo mejor sí, no se sabe qué puede pasar. Nunca digas nunca. El hecho de haber nacido y haber crecido en una isla, de ser esencialmente cubano, caribeño, una persona insular, la insularidad te crea dependencia. Y para mí el mar es un elemento de liberación. En ese año que te comentaba que estuve en Angola había algunos domingos que por alguna vía podíamos escaparnos hasta una playa y meternos en el mar. Era el momento en que yo volvía a sentir que yo era yo. Me daba un sentido de libertad y de encontrarme a mí mismo. Porque es saber qué es lo permanente. Es lo que te va a acompañar siempre que tú puedas llegar a él. Por eso en esta novela se habla tanto de esos temas que ya mencionamos, el amor, la familia, la fidelidad, la esperanza o la pérdida de esperanza, el perdón y la redención. Creo que sí, que hay cosas que nos redimen y un mar y un cielo limpio son redentores.

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